Piñera puertas adentro: cómo cimentó su vuelta a La Moneda

Con más de nueve puntos de diferencia, el ex mandatario superó con creces al representante oficialista, Alejandro Guillier, y logró retornar a La Moneda. Pese a que la candidatura se inició con reticencias familiares -que le hicieron dudar en un comienzo de una nueva aventura presidencial-, Piñera rompió ayer varios récords, entre ellos alcanzar la mayor votación en la historia de la centroderecha.



En el piso 22 del Hotel Crowne Plaza la voz del hoy presidente electo, Sebastián Piñera, sonó firme: “Tranquilos, esperemos los resultados”. Eran las 18.30 horas de ayer y ya en el primer piso del recinto, adherentes, parlamentarios y miembros del comando de Piñera seguían los conteos de votos entre vítores.

Pero el propio abanderado aún estaba escéptico. Al menos hasta el segundo cómputo oficial del Servel, cuando miró a sus colaboradores más cercanos -entre ellos, su familia, Andrés Chadwick, Felipe Kast, Gonzalo Blumel, Cecilia Pérez- y se soltó. “No hay marcha atrás”, les dijo.

En su retorno a La Moneda -que ya gobernó entre 2010 y 2014-, Piñera se impuso al candidato oficialista Alejandro Guillier por un amplio margen, alcanzando el 54,57% de los votos, versus el 45,43% de su contrincante. Pese a que se esperaba una elección estrecha -casi voto a voto-, la jornada de ayer estuvo lejos de ello: el ex mandatario superó en más de nueve puntos a Guillier.

Con esa distancia, Piñera rompió varios récords. No sólo obtuvo la mayor votación y porcentaje históricos para la derecha en elecciones presidenciales desde 1990 (tres millones 794.549 sufragios), sino que, además, logró el mayor margen de diferencia con su contendor. A ello se suma que será el presidente con mayor respaldo entre aquellos que han debido dirimir en segunda vuelta su triunfo, obtuvo casi la misma votación que Patricio Aylwin -el primer mandatario electo tras el retorno a la democracia- y será el primer jefe de Estado de centroderecha que regresa a gobernar desde Arturo Alessandri Palma, en 1932.

Una vez clara la victoria, Piñera se reunió a solas con Chadwick, Pérez, Blumel y Fernanda Otero para definir los detalles del discurso que daría cerca de las 21.23 horas en el frontis del Hotel Crowne Plaza, en plena Alameda.

A esas alturas, Guillier ya había llamado al presidente electo para reconocer su derrota. Un poco después -a las 19.45-, la ex abanderada del Frente Amplio, Beatriz Sánchez, tuvo el mismo gesto.

El contacto con Bachelet, en tanto, se produjo pasadas las 20 horas. Hoy -en una actividad que ya es tradición-, la Mandataria concurrirá a la casa de Piñera para desayunar juntos.

Guillier llegó pasadas las 20.30 al Crowne Plaza junto a su esposa, María Cristina Farga, con quien subió al piso 22, donde se encontraba Piñera junto a Cecilia Morel. Ahí, estuvieron reunidos por unos minutos. Posteriormente, juntos realizaron un punto de prensa.

Luego de eso, rodeado de su familia y en un escenario al que invitó a los senadores Felipe Kast y Manuel José Ossandón -José Antonio Kast fue el gran ausente-, el presidente electo dio su primer discurso, poniendo énfasis en la unidad nacional.

El relajo de Piñera y sus gestos a Kast y Ossandón tenían una clara explicación: el ex mandatario subió casi un millón de votos entre la primera vuelta del 19 de noviembre y la jornada de ayer. Parte importante de ese esfuerzo es atribuible a Ossandón, quien detuvo la fuga de votos en Puente Alto; a José Antonio Kast, que logró subir la votación en casi 20% en la Región del Biobío, y a Felipe Kast, quien convirtió La Araucanía en la región con mayor porcentaje de votación para Piñera con el 62,4%. Todas figuras que protagonizaron desencuentros durante el camino que finalmente lo puso de nuevo al centro del poder.

La decisión de Piñera
“Cuando nosotros salimos de La Moneda, no teníamos ninguna intención de volver a postular, aunque no dijimos nada. Pero cuando se empezó a acercar el momento de la verdad y las encuestas mostraban mucho apoyo, yo dije ‘vamos a decidir en marzo’. Y se apareció marzo. Me acuerdo que nos reunimos en el cónclave familiar, con mis hijos, nietos, e incluso algunos hermanos, para conversar esto. En mi familia todos opinan. Y la opinión mayoritaria fue decir ‘¿para qué? Ya fuiste Presidente’. ‘Mira tu carné de identidad’, ‘Disfruta la vida’. Y esa noche, cuando conversé con la Cecilia, pensé ‘es verdad. Si queremos una vida más fácil, cómoda, no deberíamos postular. La política se ha puesto muy áspera, odiosa’. Pero le dije a la Cecilia: “Pienso que si nosotros eludimos esta responsabilidad, porque es compartida, nos vamos a arrepentir toda la vida. No asumiríamos una responsabilidad por un problema de comodidad. No vamos a dormir tranquilos nunca más en la vida. Y ahí tomamos la decisión”.

Como casi todas las historias, en esta también hay más de una versión y varios matices de por medio. La anterior es la del propio Piñera, quien ayer conquistó por segunda vez La Moneda. Algo no buscado, dice él. Pero para otros, el resultado de la noche de ayer estuvo en su chip mental desde el mismísimo 11 de marzo de 2014, cuando devolvió la banda presidencial a Bachelet. Ahora, cuatro años después, ella se la devolverá a él.

No sería Sebastián Piñera si no hubiese puesto este momento en su horizonte, cuentan en su entorno. Y sus amigos le echaban tallas con que estaba contento de irse de La Moneda, pero más feliz lo ponía la idea de volver al día siguiente.

Claro, esa es la versión caricaturizada: que Piñera siempre quiso recuperar el poder y que cada decisión que tomó durante estos cuatro años tuvo que ver con ese objetivo.

Pero hay otra línea más moderada, que coincide con el relato del propio protagonista, y calza también con la personalidad que Piñera ha revelado durante todos estos años en política. Esa versión sostiene que efectivamente, desde que salió de La Moneda, el ex presidente se preocupó de mantener su popularidad en alto, de congraciarse en forma constante con la ciudadanía, al tiempo de resguardar y promover su legado. Para eso creó Avanza Chile, para tener allí un cuartel que defendiera su gestión y que, llegado el caso, lo proyectara hacia el futuro.

Allí se mantuvo un buen tiempo, a la espera, observando. Los lunes trabajaba con el directorio de la fundación en los lineamientos políticos, el resto de la semana revisaba estudios, informes, y se daba tiempo para retomar su vida familiar y amistosa. No era raro verlo almorzando los días viernes con amigos como Ignacio Cueto, Ignacio Guerrero, José Cox y hasta Sergio Melnick en algún restaurante de Santiago. En esos meses también alcanzó a explorar la idea de convertirse, como Ricardo Lagos, en conferencista internacional, aunque a poco andar esa actividad le pareció menos atractiva. ¿Los negocios? A pesar de estar en el mismo edificio, aseguran que Piñera nunca retomó la actividad empresarial como antes del 2009, y no solo por una decisión política, sino porque los tiempos también se hicieron notar en Bancard: los mercados habían cambiado, los equipos habían cambiado y la misma empresa había formalizado mucho su estructura de gobierno corporativo, y ya andaba sola sin su control permanente.

Los primeros golpes
En eso estaba cuando en la derecha comenzaron a explotar los casos de financiamiento irregular de la política. Penta fue el primer gran golpe, con efecto devastador en el ánimo de la derecha: la UDI pasó de ser un gigante vigoroso a un dinosaurio descompuesto, y a Piñera le pegó en el plano personal con la prisión preventiva de su íntimo amigo Carlos Alberto Délano, y en el plano político, cuando el fiscal Gajardo lo subió al baile con los cuestionados forwards entre su empresa Bancorp y CB. Luego vinieron los pagos irregulares a Jaime de Aguirre; más allá SQM y, la guinda de la torta, con Exalmar.

Mientras el desfile de políticos por los fiscales avanzaba -y ya se había extendido hacia la Nueva Mayoría-, la UDI y RN comenzaban a mirar con preocupación qué sería de ellos si es que Piñera no quería ir de nuevo a la presidencial. Porque, claro, el ex presidente nunca preparó un delfín ni “ungió” a ninguno para sucederlo en el liderazgo de la coalición. “Tendría que nacer de nuevo”, dice un cercano suyo. Y al único que se atrevió a dar la pelea, el Evópoli Felipe Kast, ni los partidos ni Piñera le darían la pasada así no más. La situación estaba frágil en la derecha. Era mediados del 2016 y Piñera envió la señal a los partidos de que no iba. Acto seguido, comenzó la procesión.

Un mes sin hablar
Y reventó la bomba Exalmar. Hace poco más de un año, en noviembre. A Piñera, quien ya cargaba con una duda razonable de si aceptar o no competir por tercera vez -la primera, en 2005, perdió con Bachelet-, se le sumó la negativa de la familia. El caso, que involucraba también a su hijo Sebastián en la compra de acciones de una pesquera peruana justo antes de conocerse el fallo de La Haya, les revivió a los Piñera Morel el costo de la exposición pública. El caso no solo agarró al presidenciable y su hijo; a Piñera le pegó especialmente la imagen de su mujer, Cecilia, yendo a declarar como testigo frente a los persecutores.

Piñera tomó ahí la primera decisión: definir su futuro en marzo. Una determinación que por un lado descomprimió la presión del momento, pero por el otro hizo que ese marzo que se venía encima fuese especialmente difícil.

Se lo transmitió así a los dirigentes de la UDI y RN, a sus amigos y a su familia. Esta última asumió un compromiso y aseguran que fueron capaces de cumplirlo: durante febrero, cuando todos veranearon en la casa de los Piñera en el lago Ranco, no se habló de candidatura. Ni una palabra.

Día de angustia
La fecha llegó. Lo que no sabía él es que junto con marzo se le iba a aparecer la angustia. Porque hasta antes de las vacaciones, la idea de tener disponible la alternativa para él, lo seducía. Pero ahora, el asunto se hacía realidad: no había en la centroderecha una figura con la misma potencia y sentía que el ambiente le era totalmente hostil. La oposición de la familia sumada a los casos judiciales en los que se veía envuelto “lo botaron por un rato”. Hasta por un momento la familia se preocupó, porque lo veían complicado.

Ese ánimo le duró un par de días. Porque, por otra parte, Piñera venía sintiendo una frustración por las reformas que el gobierno de Michelle Bachelet había puesto en marcha, dejando atrás muchos de sus programas. Y hubo otro factor que entonces reconfiguró el escenario: Marco Enríquez-Ominami, quien Piñera siempre pensó que podría suceder a Bachelet, había caído en desgracia luego que se conociera que fue la brasilera OAS -sacudida en ese país por la corrupción- quien le facilitó un avión privado en 2009 para que hiciera su campaña. Eso hizo que Piñera se fuera envalentonando, citara a su familia y tomara la decisión de lanzarse.

En ese cónclave del que Piñera habla, discutieron largo sobre la conveniencia de ir o no. En el plano emocional no querían, pero pusieron sobre la mesa el hecho de que no había otro liderazgo y que negarse a la candidatura era parecido a que Bachelet se hubiese quedado para siempre en Nueva York. Le dijeron que tomara la decisión que tomara, lo apoyarían, aunque esta vez no se involucrarían como sí lo hicieron el 2009 y, luego, durante su gobierno. Aunque después terminaran haciéndolo de todas formas.

Esa noche, Piñera subió al segundo piso de su casa, donde está la pieza que comparte con Cecilia Morel. Conversaron y se sacó de encima el peso de decir que no. Al otro día, amaneció un feliz candidato.

La más dura
Sabía que la pista estaba pesada, pero no pensó que tanto. Estos días ha confesado a su entorno que es la campaña más dura que ha vivido. Primero estuvo el “fuego amigo” de Manuel José Ossandón para la primaria -que de amigo tiene bien poco, la verdad- y luego una contienda en que parecía tener más viento en contra que a favor. Por un lado, las candidaturas de Guillier y Beatriz Sánchez subieron el tono de sus cuestionamientos a Piñera, y la figura de José Antonio Kast, el postulante de más a la derecha, agarró cierta fuerza en el mundo más ultra. A Piñera a ratos se le vio incómodo, tironeando permanentemente por la idea de una derechización de la campaña, queriendo mantener a la UDI cuadrada e intentando abrazar a Evopóli.

Nadie todavía se explica qué pasó la noche del 19 de noviembre más allá de lo evidente: que subestimaron el poder de Beatriz Sánchez, y también el de José Antonio Kast, a quien nunca le dieron más de un 3%. Hasta ese día, Piñera y su comando creían en un paso holgado a la segunda vuelta, nunca menos del 40%. De hecho, esa noche, el generalísimo de la campaña, Andrés Chadwick, pasó de largo en el hotel Crowne Plaza intentando descifrar qué pasó y qué hicieron mal. Incluso, comentan que puso su cargo a disposición.

Horas antes, cuando la tendencia se empezó “a pegar” en 36%, Piñera, cabeza fría, dijo que la cifra no subía más. Otros comentaban que no; que faltaban tales o cuales regiones, que había que esperar. Piñera, tranquilo pero extrañado, se encerró con Chadwick, Andrés Allamand y Gonzalo Blumel a redactar un discurso que no tenía previsto. “Hay un minuto que tienes que afianzar la apuesta”, dijo. Y salió a hablar.

Todavía consternados con el resultado, Piñera y su equipo tuvieron que dar un giro total en su estrategia: lo que antes sería “consolidar” una votación, ahora sería “conquistar”. Y eso, en un panorama en que Bachelet renacía como una triunfadora, y La Moneda apostaba el todo por el todo para la elección.

Hasta ayer la apuesta eran 180 mil votos de diferencia, menos del 30% de la distancia total que le sacó a Guillier. Para mañana, la apuesta es partir nuevamente a Ranco a descansar con su familia entre Navidad y Año Nuevo. Luego, armar su gabinete e instalarse a gobernar cuatro años, siempre con la idea de que lo que allí se haga, se proyecte al menos para un siguiente mandato para la derecha.




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